No conocimos el horror

La canción escrita

No conocimos el horror

No conocimos el horror A finales del 2004 se vivió en los llanos orientales el momento más cruento de la guerra entre facciones paramilitares. Una de ellas era el grupo Centauros, franquicia de Vicente Castaño en el departamento del Meta comandada por Miguel Arrollave. La otra, los grupos de alias Martín Llanos y alias Caballo, hijos del que comenzara a finales de los años setenta con las autodefensas en el Casanare y Meta: Hector Buitrago. Buena parte de estos ejércitos los conformaban hombres y mujeres de distintas partes del país atraídos por falsas promesas de trabajo bien remunerado. Los captaban en las plazas de sus pueblos o en las calles de la capital y los transportaban en volquetas. Después de muchas horas de viaje (en algunos casos días), eran desembarcados en potreros bien alambrados y sorprendidos con una cruda bienvenida a las autodefensas. El intento de fuga se pagaba con la vida. También el embarazo y el no estar a la altura de las exigencias. De lo primero se saben cosas brutales. De lo otro también, como que el que no daba la talla se convertía en material de entrenamiento para el que comenzaba a adaptarse al ritmo de la guerra. Los detalles son escabrosos.
Esas cosas nos las contaron cuando estuvimos en una finca al oriente de Puerto Lleras. Habíamos ido a grabar un documental sobre las aves de la cuenca del río Ariari. Al llegar no pudimos dar con la persona que supuestamente nos estaba esperando, y en la finca acordada ni nos daban razón ni nos miraban bien; así que fuimos a buscar alojamiento en la finca vecina: siete kilómetros carretera abajo. Allá nos recibió Aníbal y su esposa Cenaida. En las noches, después de comer, Aníbal se ponía a contar historias, a hablar de sus épocas en lo que él llamaba “los negocios peligrosos”. Lo de las autodefensas se lo reservó hasta una de las últimas noches. Visto desde ahora, la locuacidad de Aníbal parecía una forma de encubrir o de evitar el tema principal, haber perdido a su hijo mayor (después de un reclutamiento forzado) en las filas de los Buitragueños comandadas por Martín Llanos.Héctor Buitrago
La jornada empezaba temprano. Había que estar en el río a más tardar a las cinco de la mañana. En arreglar los equipos y caminar hasta el río se nos iba casi una hora.  Allá nos quedábamos hasta el final del atardecer; de vuelta nos encasquetábamos las lámparas frontales y cogíamos camino con cuidado porque a esa hora los animales están más alborotados. Aunque para no decir más de la cuenta en todos esos días apenas vimos aves nocturnas y unos roedores parecidos a los guatines que allá les llaman orugas, con una carne que efectivamente es tan gustosa como la del cordero, esos y una culebra muy temida por esos lados conocida como lagata.

No conocimos el horror

Una noche de las tantas noches que prendimos fogata, Sebastián se puso a hacerle preguntas a Aníbal sobre “la gata” que habíamos visto en el camino de vuelta. Mientras Aníbal respondía, Cenaida llegó con una carne frita. Y no debía estar muy al tanto de la conversación porque después de dejarnos los platos dijo que a ella le habían enseñado a no desearle el mal a nadie pero que se sentía aliviada y hasta feliz de que La Gata hubiera muerto como había muerto. Aníbal le respondió que no estaban hablando de ese “Gata” sino de la culebra. Cenaida respondió con otra cosa que no venía a cuento, algo así como que la carne que nos acababa de dar se la habían traído esa tarde de la casa de no sé qué compadre del que iba a seguir hablando sino es porque Aníbal la cortó para decirnos que la gata había sido un mando medio de los combatientes Buitragueños. Un tipo muy maluco, muy malo. A diferencia de lo acostumbrado, Cenaida no volvió a la casa sino que agarró un tronco que estaba tirado junto al fuego y se sentó al lado de Sebastián. Después de que Aníbal dijera unas pocas frases acerca de los orígenes de las autodefensas en el Meta, Cenaida tomó la palabra y ya no la soltó hasta después de un buen rato, cuando ya nadie estaba para añadir nada. Habló de los reclutamientos forzados, que a los que iban hasta las calles de Bogotá a recoger drogadictos o niños muertos de hambre con promesas de trabajo les pagaban 200.000 pesos por cada persona que se trajeran; habló del entrenamiento que le hacían a los muchachos, y después de darnos unos matices macabros terminó diciendo que eso era como un campo de “extreminio”. También dijo que el tal Gata le daba propina al reclutador si le llevaba muchachas jóvenes, niñas, y que sabía todo eso porque su hijo Jámilton había sido Buitragueño y había sido asesinado el día que supuestamente le daban la retirada. Aníbal fumaba y no decía nada; pero la miraba como diciéndole que ya no hablara más. A Cenaida no parecía importarle esa mirada o la interpretaba como si en cambio Aníbal le estuviera advirtiendo que si había empezado con eso ahora tenía que irse hasta el final. Y así fue, contó cosas acerca de la cruzados (una escuadra de Buitragueños que en un rito satánico con un brujo de la selva le vendían el alma al diablo a cambio de que no les pasara nada en el combate) que no sé si valga la pena que uno conozca con tanto detalle. Nos dijo que habían podido recuperar parte de los restos de su hijo.
Al otro día nos devolvimos temprano del río. La noche anterior Sebastián había tenido pesadillas; yo como mucho habría dormido unas dos horas. Normalmente permanecíamos muy poco en la casa, colgábamos las hamacas en un ranchito contiguo a la cocina y si no estábamos ahí era porque estábamos afuera en la fogata. Pero esa tarde no había mucho para hacer y me puse a dar vueltas por la casa como si me fuera a encontrar por ahí con algún vestigio de lo que nos había contado Cenaida. Ni siquiera vi una foto de Jámilton. Por la noche Aníbal tenía la intención de volver a sus habituales historias de contrabando, vaquería y coca; pero Sebastián y yo solo queríamos oír más de esa guerra oscura que se había vivido allá entre el 2002 y el 2005. Todavía me da pena cuando me acuerdo del morbo y la indiferencia con la que les hacíamos las preguntas, de las fotos que quedamos de enviarles y todavía no les hemos enviado.
Y si en el Meta la historia nos atrajo, en Bogotá terminamos obsesionados. Dejamos empezada la edición del documental de las aves por trabajar en algo que en ese momento parecía tener sentido. Nos dio por representar lo que habíamos oído de los cruzados en una canción extravagante con un video que no la mejoraba mucho que digamos. Al proyecto lo llamábamos en borradores “Solecismos en la Marcha: Himno de una guerra perdida interpretado en la oscuridad”. Leímos los pocos artículos sobre el tema publicados en la prensa nacional y los tantos otros—a veces bastante góticos— de la prensa local; contactamos una antropóloga de la Javeriana que acababa de escribir una tesis sobre el tema. Intentamos puestas en escena de la ceremonia que se hacía con los brujos para convertirse en cruzados, a eso le superponíamos, entre transparencias, imágenes de guerra y grabaciones que habíamos hecho en La L, en el Bronx de Bogotá. Queríamos que al final la canción tuviera un giro, una especie de redención; pero acabó sonando a otra cosa, cromatóforos aislados en una gruta.

 
Dos días antes de ir a entrevistar a un cruzado desmovilizado, Sebastián me llamó por teléfono. Su voz sonaba un poco ronca, quería que nos viéramos en una café cerca a su casa. No me dijo dónde había pasado los últimos días; pero por la manera en que me habló era como si hubiera salido de un shock o de una experiencia que lo había cambiado. No voy a seguir con eso, me dijo. Nosotros no sabemos con qué nos estamos metiendo, no tenemos ni idea de lo que es el dolor, ese dolor en medio de esa inocencia.
En ese momento me lo tomé bien, ni siquiera me pareció perentoria su forma de hablar. Pero al rato de estar en la casa me sentí como estafado y pensé que allá él si no quería continuar; seguiría yo solo. A la entrevista en la cárcel Modelo me llevé una libreta en la que había escrito doce preguntas. Alcanzaría a hacerle cuatro o cinco antes de que el otro tomara la historia por su cuenta sin que yo fuera capaz ya de decir nada más. Matábamos sin ganas—fue de las últimas cosas que me dijo—, todos los días esperábamos que nos dieran la retirada. En el taxi de vuelta empezaron las náuseas; pero ese día no fui capaz de vomitar. Estaba entendiendo un montón de cosas a las malas. Esas historias eran ciertas, habían ocurrido; pero no había ninguna necesidad de vendérselas a nadie. Y el chorro de imágenes no lo paraba nada.
En las siguientes semanas terminamos de editar el video de las aves del río Ariari. Cada uno por su cuenta había dejado de lado el proyecto de los cruzados. Evitábamos el tema hasta que una noche como a las dos de la mañana, grabando unas pistas de audio para un comercial, Sebastián me preguntó si de verdad íbamos a dejar eso así. Le respondí que por mi parte no tenía ni ganas ni necesidad ni nada por el estilo de seguir con eso. Entonces me dijo que no se refería a Solecismos en la Marcha, que podíamos cerrar esa historia, retirarnos con algo que sin amarillismo nos recordara lo que habíamos intentado con esa historia que hacía daño. La música fue compuesta al amanecer. El video se grabó la semana siguiente.

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